Proceso de Amarme: Conocerme 2da. parte

En esta etapa de conocerme, esto de cuestionarme TODO me ayudará a empezar a darme cuenta que yo no soy la persona que he creído ser.   Poco a poco iré tomando conciencia que más allá de mi personaje, llamado ego, hay un ser puro, inocente, que espera ansioso ser ‘rescatado’.

Cuando comprendo que en algún momento dejé de ser lo que era - en esencia -, con la finalidad inconsciente de ganarme el amor de mis padres, de mi familia, de mi entorno, entenderé que el camino tiene que ir hacia ahí, hacia ir dejando una a una todas esas capas que en algún momento necesité para ‘protegerme’ y que, a la vez hoy, me ‘impiden’ contactar conmigo.  

Es importante darme cuenta que mi ego no es malo, ni negativo ni mucho menos.   Me pasó al principio de mi proceso agarrarle rabia y fastidio pero, luego me di cuenta que fue lo que necesité, fue mi protección, fue lo que me cuidó para evitar que sufriera.   En realidad, mi ego es mi aliado en esta experiencia llamada VIDA.  Todos necesitamos de uno para sobrevivir acá. 

Por eso, cuando escuches decir: “tienes que deshacerte de tu ego!”, sonríe y date cuenta que eso es imposible, al menos mientras estés acá.  El mejor camino es volverte amigo de tu ego, hacerlo tu “pata”, conversa con él, ríete con él de tus defensas, cuando las veas aparecer.   Cada vez que te molestes o te alteres por algo, habla con él y por ahí te va a ser más fácil y sencillo ver qué estás percibiendo, para que puedas liberarlo.

Por eso, si le preguntas a alguien:  ¿sientes que te amas?   Lo más probable es que te diga que cree que “sí”, porque, siente que se cuida, siente que hace lo que le provoca hacer, etc., etc.  Pero, aquí viene el pequeño detalle... Todos creemos amarnos pero en realidad amamos a nuestro personaje, amamos a esta ‘persona’ que creemos ser, que es con quien hemos vivido casi toda nuestra vida ‘consciente’.  

Hoy, nuestra tarea es darnos cuenta que hemos sido programados y condicionados a ser cómo ‘debíamos ser’, como fueron nuestros padres, como fueron nuestros abuelos, como se debe ‘vivir en sociedad’, etc.  En resumen, todo jugó a que olvidaras quien eres, a que sintieras que necesitabas de alguien o de algo para ser feliz, a que pienses que debías convertirte en algo o en alguien para ser querido, a que te convencieras a ti mismo que debías ‘tener’ y ‘hacer’ de todo, como sea, para poder SER alguien.  

Y, si te pones a mirar a tu alrededor, podrás ver cómo vivimos inmersos en este mundo: corriendo, angustiados por ser alguien, por tener, por merecer, por comprar, por aparentar, por ser importantes, por ser queridos, por pertenecer y, muy pocos, nos detenemos a preguntarnos:  ¿adónde estoy yendo?, ¿sé adónde quiero llegar? ¿sé si cuando llegue a ese punto, me sentiré satisfecho y feliz?

Pareciera que somos parte de una carrera o competencia sin destino fijo, sin razón aparente y sin tener idea de para qué estoy siendo parte.

Este camino no es sencillo, este camino no es para todos.  Este camino requiere mucho coraje, requiere PARAR y decir:  “no estoy de acuerdo”, “no estoy dispuesto” y, te digo que, eso no es fácil.   Te enfrentarás a muchas miradas, a muchas críticas, a reducir tu círculo, a sentir que te quedarás solo.   Por eso, si conoces a alguien cercano que haya decidido hacer algo por su vida y por cambiar la forma como viene viviendo, siéntete privilegiado de poder presenciar un proceso de tan cerca.

Siempre hablo sobre el libre albedrío, que es la facultad que todos tenemos y con la cual venimos aquí.   El libre albedrío es la posibilidad que tengo de elegir cuándo y cómo quiero reaccionar, cuándo y como quiero darme cuenta de algo, y también decidir si quiero quedarme como estoy y vivir sin preocuparme de nada, creyendo que todo desaparecerá el día que yo me vaya de acá.   Luego, dependiendo de la elección que haga, obtendré el resultado siguiente.

Te dejo con esto, léelo en voz alta y sientete: 

No podré generar un mínimo cambio si repito el pasado y sigo aferrado a los pensamientos basados en el miedo que conozco; en los viejos paradigmas que no me atrevo siquiera a mirar.